Las secuelas de un virus desde la óptica provinciana

Por William Rosado Rincones

El funesto Covid-19 que se miraba en principio como un simple espejismo por parte de los habitantes de esta parte del mundo, era algo insospechado para estas tierras, en donde folclóricamente decíamos que de llegar, lo acabaríamos a Oldparr o que simplemente no aguantaba una ‘mordía’ de los soles de Valledupar, Codazzi, Bosconia o Fundación.

En síntesis, creíamos que eso era un cuento chino y que tal vez, les llegó primero a ellos por no tener los ojos bien abiertos, o simplemente por no saber lo que era un sancocho de chivo o una viuda de bocachico, y por eso se la pasaban comiendo murciélagos y culebras, consideradas especies que originaron el mal, aunque algunos aseguran que el tal Covid-19, es hijo de científicos con probetas y tubos de ensayo.

Lo cierto, es que llegó a cambiarnos abruptamente la vida, a llenar de dolor a una tierra en donde el colorido y la franqueza nos permitía mamar gallo hasta en los momentos más tensos, y en donde hasta las muertes eran motivo de integración familiar, en cuyas ceremonias solemne reconocíamos el valor de la persona fallecida, a la que se le daba una despedida espiritual en medio de sentimientos encontrados, en donde solíamos intercambiar con nuevos miembros de la familia.

Este coronavirus acabó hasta con ‘el nido de la perra’, así, literalmente, en el más castizo lenguaje de la provincia. En los estándares bursátiles aparece la economía como el renglón más afectado, pero si ahondamos en el vericueto de la debacle, son los sentimientos los más devastados, comenzando por el seno del hogar, en donde se acabaron los abrazos y besos familiares y de pareja, hoy extender los brazos es sinónimo de la activación de una granada de fragmentación, amén de los conflictos internos por la permanencia abrupta en casa. Se terminaron en algunos, los amores furtivos, hoy son cuadros comunes  en casi todos los hogares las pobladas barbas y bigotes, los kilos de más en los reyes del dulce lar, y varias damas divorciadas del maquillaje, y apegadas a los rulos eternos, así se vive la realidad en espacios reducidos donde se multiplicaron los bostezos y ronquidos desesperantes.

Hasta el café perdió el aroma porque su olla ya no hierve la típica borra que le daba el secreto aromático a esta bebida, la que ha sido reemplazada por cuanto brebaje hay, llámese moringa, anamú, matarratón o cogollo de ciruela, los que en el más puro laboratorio doméstico, son mezclados con limones, jengibre, miel de abeja y unos cuantos gramos de bicarbonato, buscando la pócima salvadora.

Sí los rusos o los gringos se dieran un paso por Valledupar, de seguro que perfeccionarían sus ensayos en las vacunas que aceleradamente tratan de sacar al mercado para acabar con las muertes. De paso también terminarían con el negocio de las funerarias cuyos propietarios se enriquecieron, al igual que los que manejan la salud, los que olvidaron las otras patologías. Ahora, todos los enfermos y fallecidos los etiquetan con el INRI de paciente Covid, a quienes sin recato instalan en modernas UCI, cuyos arriendos son más costosos que un hospedaje en el Hotel Burj Al Arab.

Es tan inhumano el negocio que los que tienen el infortunio de perder la batalla contra el virus, los embalan y cierran herméticamente sin permitirle ver a los adoloridos familiares, muchos de los cuales han llorado cuerpos ajenos, o en el peor de los casos, entregan ataúdes sin ningún contenido, y vaya a usted a saber si los que han cremado fueron los rotulado en la fatídica lista.

No hay arte ni oficio que no haya sido tocado por este intruso que se dio el lujo de mantener en tierra todas las aeronaves del mundo, aunque han aflorado verdaderos aviones del mercantilismo, los que sin importarles el dolor ajeno, han hecho de la pandemia el más lucrativo negocio. Hay a su vez, mandatarios que hicieron ‘ochas y panochas’ con los mercados de los vulnerables, médicos y dueños de clínicas que dictaminaron el mal en aras de pagos de hasta 20 y más millones de pesos por pacientes. Políticos y gobiernos que han hecho reformas a las leyes para enquistarse en el poder y armar consolidadas dictaduras.

En el plano de las artes, como homenaje a su eterno rótulo, siguen siendo ‘las cenicientas del paseo’, son las últimas actividades en el eslabón de la reactivación. En el escenario local de los vallenatos, se pasan difíciles momentos, especialmente los músicos secundarios, los líderes tienen el suficiente colchón económico para aguantar, tal es el caso de los más acaudalados, a otros les tocó conjugar el verbo más pronunciado: reinventar, y acudieron a los conciertos virtuales buscando una alternativa a sus economías.

Pero en este tipo de espectáculos, hace falta el roce con la fanaticada, con el borracho que aplaude y reniega en las presentaciones, el que hace lobby por un saludo, los que se pegan a la mesa de los artistas y salen embriagados y con plata, y los tradicionales programadores y difusores radiales  que hacen el patrullaje respectivo.
La ausencia de estos y otros ingredientes, hacen de los conciertos virtuales unos ambientes fríos para los músicos, comparable quizás a un iglú. No es fácil tocar en un salón que no huela a wisky, sino a alcohol antiséptico ante las abatizaciones a que son sometidos en medio de la presentación, en aras de la protección, con tapabocas como indumentaria de los coloridos uniformes, los que los hace ver como actores de las famosas películas del oeste, o las del Zorro o de Santos, el enmascarado de plata.

Durante todo este tiempo, volvimos a recordar la geometría de la primaria, se habla de curvas, picos, cuadros y nada que se vislumbra una solución a corto plazo, solo las repetitivas recomendaciones, algunos hemos perdido las huellas de tanto lavado de manos. Tal vez, será común en los humanos, un nuevo prototipo de generación Dumbo ante el desprendimiento de las orejas por efectos del elástico de las mascarillas. Aunque algunos de poco perfil físico sacan partida ante la mimetización de los muecos y ñatos.

2020, de haberse sabido lo que traías entre manos, muchos no se hubieran endeudado para celebrar la Navidad y el Año Nuevo. La estocada no tiene dimensión conocida, aparte de las secuelas que quedarán en todos los sentidos cuando ya este Covid-19 se vaya o lo saquen a jeringuillazo limpio de la faz de la tierra, para entonces, no encontraremos a muchos de los que rodeaban nuestras sonrisas y momentos.

La recuperación será similar a la devastación de una guerra mundial, lo que muchos, no dejan de opinar que, esta ha sido la tercera, sin misiles, fusiles, ni explosivos, porque solo bastó disparar en el ambiente a un diminuto virus para acabar la respiración de un planeta atestado de desigualdades, en donde ni esta prueba, pudo doblegar la omnipotencia de los cetáceos de la ambición que siguen engullendo los cardúmenes débiles que, al final se contarán por millares en este océano picado, en donde ni por tener el agua al cuello nos acordamos de Dios, el único que puede garantizarnos esa paz y tranquilidad que hoy está sitiada por el miedo.

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