La revolución de la clase media

Por: Antonio Maria Araujo

Algo de lo que no aprenden los tiranos y que al final sigue siendo una de las causas por las que se caen sus hegemonías, es el abuso e inequidad en la tributación, así el sector de la población que sostiene el régimen prefiera asumir silenciosamente la carga impositiva, anteponiendo las pasiones del fundamentalismo político al pragmático escrutinio frente a la inconveniencia o ilegalidad de las disposiciones oficiales.

Desde la caída del Imperio Romano viene sucediendo. Los descomunales gastos de un imperio fuerte por mil años llevó a retirarle la inmunidad tributaria a la ropa, la cebada, el vino, la carne, el trigo, el aceite, perjudicando en gran medida al ciudadano medio. Los padres vendían a sus hijos para pagar impuestos y no ser torturados. Los recaudadores enfrentaban la pena de muerte si no reunían la cuota requerida. Comenzaron a morir de hambre. Otros se fueron y los que quedaron dieron la bienvenida y ayudaron a los bárbaros que provocarían la caída del imperio.

En nuestro territorio los tributos comenzaron diez años después del descubrimiento, cuando Fernando V ordenó que los indígenas fueran encomendados a un español, el cual debía evangelizarlos y pagar un tributo a cambio de señorío y protección. En la colonia se estructuraron algunos impuestos que con otro nombre hoy se mantienen. Fue cuando España incrementó los tributos para financiar la Armada de Barlovento, desencadenándose la rebelión de los comuneros.

Pasó un tiempo y la traducción de la Declaración de los Derechos Ciudadanos activó el proceso de independencia. La perpetua desigualdad en el cobro de impuestos y que aún nos tiene liderando deshonrosas clasificaciones como país inequitativo, fue el detonante. Aclarando que desde ese momento ya se manipulaba la información, por eso muchos indígenas pelearon en filas de las tropas realistas, al ingenuamente creer que el nuevo régimen significaría un aumento de los tributos. Cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

Hoy enfrentamos, por tercera vez en este gobierno, la aprobación de una reforma tributaria que sin ser un erudito de la economía o que eufemísticamente la bauticen con el pomposo nombre que le quieran poner, mantiene la filosofía tributaria de los sistemas dominantes colonialistas, los cuales tradicionalmente ven al ciudadano como sujeto tributario por derecho propio, sustentados en Aristóteles para quien “algunos son por naturaleza siervos…”. Los desmedidos impuestos son la expresión del yugo que deben soportar los pueblos, según ellos.

Es por esto que la reforma no toca las exenciones a los grandes capitales, ni algunos negocios como el de las bebidas azucaradas, llamémoslas gaseosas. Los tecnicismos y teorías económicas estructurarán una serie de argumentos para demostrar lo inaplazable de los nuevos incrementos y gravámenes, convencidos ellos que la clase media es la llamada a pagar porque es quien “tiene sueños y ambiciones. Su mayor sueño es ser ricos algún día… se van a molestar por tener que pagar más impuestos, pero su sueño será superior a su enojo… tampoco nos conviene que lleguen a ser ricos, porque luego ¿quién pagará los impuestos?”, dice una lectura muy popular en estos días. La reacción no puede esperar.

Pero, así como este no es el momento de reformas tributarias, tampoco lo es de movilizaciones púbicas. El escenario debe ser democrático. Emplazando a nuestros congresistas a llevar realmente nuestra vocería, sin dejarse comprar con los recursos que van a salir de nuestras alicaídas economías y si constatamos una vez más que estamos sin representación, la cita es en el 2022 con candidatos que realmente puedan liderar las transformaciones que necesita el país, independiente de los intereses de los grandes capitales que durante tantos años han venido desangrando al pueblo. Solo piénsenlo. Un abrazo.

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